Un romance que hirió a varios, pero su vínculo era imparable

Daniela cursaba dieciocho primaveras cuando el 5 de enero de 2008 se presentó en la facultad de medicina para su primera clase del curso intensivo de verano. Llegó en un horario erróneo, creyendo que era el correcto, sin sospechar que a menudo los grandes amores necesitan pequeños empujones del destino.

Se acomodó en un aula con unas cincuenta personas y, desde su asiento, vio entrar a un chico que la deslumbró de inmediato. Pensó: «Ese chico me encanta».

Cada estudiante tenía un carnet de asistencia. Daniela prestó atención cuando escuchó el nombre «David» y lo vó ponerse de pie; así supo cómo se llamaba.

Tres días después llegó tarde y se sentó en la última fila. Escuchó a David contar que tenía un amigo en Platense y, sin dudarlo, se metió en la charla: «¿Y vos por qué no jugás en Platense?». No recuerda su respuesta, solo el malestar evidente de él por la intromisión.

El curso estaba lleno de brasileños y algunos argentinos. Entre ellos, Jonathan y Daniela formaron un grupo hispanohablante para estudiar y charlar en los descansos.

Un día, el subte en el que viajaban David y Jonathan se averió. Jonathan, perdido, lo reconoció y le pidió: «¿Vos sos de la facu? ¿Puedo ir con vos?». David accedió y, para felicidad de Daniela, Jonathan presentó al nuevo integrante.

David estaba de novio; Daniela, también. Entre bromas y buena onda, el grupo se consolidó.

Las clases se extendían hasta mediados de marzo. Daniela y David empezaron a sentirse atraídos pese a sus compromisos.

Fueron al shopping Abasto y se besaron en el patio de comidas. «Fue el primero de muchos; parecíamos novios sin serlo, solo besos», aclara Daniela.

Terminó la cursada, pero no los encuentros. Harta de la situación, Daniela le dijo que no quería saber más de él y desapareció.

Los meses pasaron. En 2011 murió la abuela de Daniela. El dolor le hizo ver que jamás había dejado de pensar en David. Le pidió el número a Jonathan y, con previo aviso, se lo pasaron.

Ese día empezaron a hablar por teléfono y pactaron verse en el hipermercado de Constituyentes y la General Paz. David llegó dispuesto a retener su enojo, pero la charla fluyó como si nada hubiera mediado.

Se cruzaban de vez en cuando. En diciembre David se separó de su novia y volvió con sus padres.

En febrero de 2012 Daniela viajó veinte días con su padre y su hermano. Solo deseaba conectarse al wifi del hotel para hablar con David. «Prefería hablar con él que con mi novio», dice.

Al regresar, su pareja la fue a buscar al aeropuerto, pero el fin de semana siguiente él tenía planes con amigos. Daniela, entonces, pasó esos días con David.

El domingo citó a su novio y, tras cuatro años juntos, puso fin a la relación. Llamó a David para contarle.

«Empezamos a estar juntos libremente. Me pidió que fuera su novia, pero le pedí dos meses de soltería. En realidad, solo salía con él», se ríe.

El 18 de abril, su cumpleaños, David le propuso ser novios oficiales y ella aceptó.

Presentaron a sus familias y mantuvieron un noviazgo con una pausa de ocho meses en 2017. Al reencontrarse, llegó el embarazo de su hija. Cuando la beba cumplió seis meses hicieron su «Bauticasamiento» íntimo.

«Me encanta nuestra historia; aunque hubo heridos, nuestro vínculo es único. Lo vi entrar por la puerta, dije “me encanta ese chico” y, años después, sigo enamorada», confiesa.

En octubre le diagnosticaron cáncer de mama. Actualmente recibe quimioterapia con David a su lado, esperando seguir toda la vida juntos.

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