Lo esencial: Valeria Sol Groisman, hija de la nutricionista Mónica Katz, transformó su experiencia con ataques de pánico y traumas en literatura, explorando la vejez, la muerte y la salud mental en sus novelas Barullo y Vantablack.
¿Cómo pasó del periodismo a la ficción?
Hija de la reconocida médica nutricionista Mónica Katz, Valeria Sol Groisman creció entre diagnósticos, papers científicos y conversaciones sobre patologías. Su trabajo como periodista de salud era narrar la relación entre medicina, ciencia y cuerpo desde la distancia, hasta que una intervención médica complicada —con una punción más cruenta de lo esperado y una marca negra permanente en la piel— la sumergió en el dolor, el miedo y la incertidumbre.
La recuperación la obligó a estar vendada del pecho al cuello durante días, desencadenando su primer ataque de pánico: «Creo que el primer ataque de pánico vino de ahí, de sentir que no podía respirar».
Lo que siguió fue una sucesión de episodios de ansiedad que la llevaron a transformar esas experiencias en literatura. En la práctica, esto significa que el arte puede surgir incluso de los momentos más oscuros, pero sin idealizar el proceso: no fue sanador, sino revelador.

¿Qué la llevó a escribir Barullo?
El primer ataque de pánico reconocido ocurrió un sábado en el club: «Tuve esta sensación exacta de que me estaba yendo para arriba. Como una luz. Yo le decía: «No sé, me estoy yendo»». Un amigo médico la llevó a Fundación Favaloro, donde la internaron un día. Al salir, recibió una tarjeta con el contacto de un psicólogo, Rafael, especialista en terapia cognitiva conductual.
El tratamiento fue inesperado: el terapeuta le pedía provocar deliberadamente las sensaciones que más miedo le daban: subir escaleras hasta quedarse sin aire, correr alrededor de la manzana, marearse a propósito o subirse a un avión en pleno ataque. «Lo que me enseñó fue a darme cuenta de que podía tolerar los síntomas sin que pasara nada. Era insoportable, pero después entendías que sobrevivías.»
En uno de esos ejercicios, terminó corriendo por las calles de Belgrano con labios pintados de rojo, cartera roja y ropa de oficina. Un amigo de su marido la vio desde el auto y le gritó en broma si estaba entrenando para una maratón. Ella, mientras tanto, intentaba convencer a su cerebro de que no se iba a morir.

La ansiedad también afectó su trabajo: en una conferencia para una multinacional, le pidieron que se quitara los anteojos por el reflejo en cámara. Sin ellos, con taquicardia y calor, habló toda la charla convencida de que había sido un desastre. Meses después la volvieron a contratar, y entendió que «muchas veces el ataque de pánico es completamente invisible para el otro.»
Su vida estuvo marcada por situaciones traumáticas: un embarazo ectópico a los dos años de su hija mayor, que casi le cuesta la vida, años de infertilidad y, luego, una punción que derivó en una cirugía de dos horas y media. De esa experiencia nació Barullo, su primera novela, ficcional pero inspirada en el miedo a la muerte.
«Son momentos de quiebre total, donde se piensa lo peor, donde se piensa sobre la propia muerte», explica. Para ella, la ansiedad es «el miedo a la muerte expresado en un síntoma. La ansiedad sos vos corriendo contra el reloj, contra el orden natural de las cosas. Sos vos muerta de miedo de que no exista un futuro».
Aunque no considera la literatura como una herramienta sanadora, la recepción de Barullo fue reveladora: muchas personas con ataques de pánico le escribieron para contarle que, por primera vez, se animaban a hablar de su condición. Esto le mostró la vergüenza que aún rodea a la salud mental.
Con el tiempo, aprendió a ver la vulnerabilidad de otra manera: «Alguien que se mantiene entero cuando la vida lo golpea es alguien que está desconectado de la realidad. Prefiero la vulnerabilidad a la insensibilidad». Y traza un paralelo con Un mundo feliz de Aldous Huxley: «Nuestro Soma es la hiperconexión».
¿Por qué la vejez y los hongos en Vantablack?
Vantablack —el color negro más negro del mundo, que absorbe casi toda la luz— es también el título de su segunda novela, publicada en 2025. La idea surgió de una anécdota que su madre, Mónica Katz, le contó: una paciente mayor la llamó al celular desde Mar del Plata para decirle: «Doctorcita, estoy viendo cosas raras». Había comido hongos que creyó champiñones con sus amigas, y eso inspiró la trama.
Originalmente, la protagonista iba a ser Julia, una médica de hospital público. Pero todo cambió cuando Valeria entró a un local de ropa con su hija mayor y vio a una mujer de 80 años con el pelo blanco cortito y una cadena «re canchera»: «Yo dije: ésta es Raquel». Así, Raquel se convirtió en la protagonista.
El personaje también tiene otra raíz: durante su etapa como Secretaria de Cultura en la Asociación Hebraica Argentina, Valeria trabajaba con adultos mayores. Sin presupuesto, organizaba actividades hasta que una de ellas, Perla, le dijo: «Valeria, te adoro, pero vos todo el tiempo nos hacés charlas con un guitarrista, cine… Yo quiero emborracharme. Yo no me siento una vieja, me siento una pendeja. Y vos todo lo pensás con una solemnidad que no existe».
Un tercer acontecimiento resignificó su mirada sobre la vejez: mientras escribía la novela, su abuela paterna estaba cerca de la muerte. «Mi abuela era un personaje total y mi abuelo se la pasaba haciéndola reír. Pese al momento difícil, estar con ellos era pasarlo riéndonos». Esto alimentó a Raquel, una mujer mayor que decide crear un centro de consumo controlado de psilocibina para adultos mayores como «una última aventura antes de morirte».
Lo clave aquí es que la novela aborda la vejez desde una perspectiva poco explorada: la rebeldía, el humor y el deseo de vivir intensamente, incluso al final de la vida.
Para escribirla, investigó a fondo: viajó a Ámsterdam, entrevistó a personas que administran psilocibina y leyó todos los libros sobre psicodélicos desde Huxley. Los papers mencionados en la novela son reales. También se contactó con un laboratorio en Argentina que vende microdosis a psiquiatras. Una historia que escuchó en Ámsterdam la marcó: un chico quiso agredir a su amigo porque lo veía como una fruta. «Esto es más delicado de lo que se dice», reflexionó.
Vantablack también explora la amistad, la traición y cómo los vínculos se resignifican con las etapas de la vida. Para Valeria, «la amistad es una relación con conflictos de interés, y muchas veces la romantizamos demasiado. No sos amigo de todo el mundo en cualquier momento».
El desafío de narrar ficción con rigor periodístico
Hoy, 30 años después de su primera clase de periodismo, Groisman escribe novelas con la misma exigencia: todos los datos científicos verificables, todos los papers reales, toda la investigación de campo hecha antes de sentarse a escribir. «Me cuesta mucho cuando uso datos que no son contrastables. Me cuesta separarme de eso.»
Pero también sabe que la ficción le permite llegar donde el periodismo no: al pánico que nadie ve, a la vejez que se quiere emborrachar, a la hija que tardó años en dejar de ser solo la hija de Mónica Katz.
Ahora trabaja en una tercera novela. «Cada libro tiene su tiempo», dice. Y recuerda: «Me costó poco escribir Barullo, pero Vantablack me llevó mucho más tiempo y me mostró que tenía una madurez mayor como escritora».

No dieta, escrito junto con la doctora Monica Katz y Vantablack, su segunda novela.Gentileza
¿Qué revela su literatura sobre la salud mental y la vejez?
Lo que el artículo desvela es que la obra de Groisman no idealiza el dolor, sino que lo expone como un proceso crudo y revelador. La ansiedad, en su caso, no fue un motor de sanación, sino un espejo que reflejó el miedo a la muerte y la fragilidad humana.
En Barullo, la ficción surge de experiencias reales: el pánico invisible, la vergüenza asociada a la salud mental y la capacidad de tolerar lo insoportable. En Vantablack, la vejez se aborda desde la rebeldía y el humor, no desde la solemnidad. Lo clave aquí es que ambas novelas desafían estereotipos: la ansiedad no es solo sufrimiento, y la vejez no es sinónimo de pasividad.
- La literatura como espacio para normalizar conversaciones incómodas (ej: ataques de pánico, muerte).
- La vejez retratada con agencia: Raquel, la protagonista, elige vivir intensamente, incluso con psilocibina.
- El rigor periodístico aplicado a la ficción: datos científicos y anécdotas reales nutren sus tramas.
¿Por qué importa su enfoque?
Porque demuestra que el arte puede ser un acto de resistencia: contra el estigma de la salud mental, contra la idealización de la vejez y contra la idea de que el dolor debe ser productivo. La pregunta práctica es: ¿cuántas historias como estas seguimos silenciando por miedo a romper el molde?
