Todos los seres humanos tenemos recuerdos. Algunos son agradables; otros, tristes. Algunos sanan; otros duelen. Pero ¿qué hacemos con aquellos recuerdos de experiencias traumáticas que no nos permiten avanzar?
Este tipo de vivencias suele tener un alto impacto. El término trauma significa “marca” y, por lo general, alude a un episodio —un robo, un secuestro, un abuso, un maltrato o una muerte repentina— que deja una huella en nuestro psiquismo y queda adherido a nosotros a través de la emoción.
A la hora de elaborar los recuerdos de estos eventos, hay caminos que no resultan eficaces:
Es importante tener en cuenta que un recuerdo nunca es exactamente igual a lo que ocurrió. Por eso, los recuerdos traumáticos no son grabaciones precisas, ya que nuestro cerebro no funciona como un video perfecto. Siempre existen distorsiones y, cuanto más antiguo es el recuerdo, mayor suele ser esa distorsión. El hecho es real, pero la manera en que lo recordamos puede no serlo en su totalidad.
Esto sucede porque, cada vez que evocamos un recuerdo, este se modifica en alguna medida. Nuestro cerebro tiende a completar los vacíos, reconstruyendo lo vivido con elementos que no siempre son fieles a la realidad. Así, aunque podamos conservar gran parte del acontecimiento —por ejemplo, un 95%—, el resto se rellena con detalles que pueden estar distorsionados.
¿Qué hacer, entonces, para elaborar los recuerdos dolorosos?
En primer lugar, cada vez que aparezca una imagen dolorosa en nuestra mente, es importante no luchar contra ella. No decir: “Tengo que pensar en otra cosa”. Permitamos que surja, aunque nos genere angustia. Luego, podemos colocar a su lado una imagen agradable, un recuerdo positivo. Esta práctica suele resultar una técnica efectiva.
En algunos casos, cuando el trauma es más severo, será necesario recurrir a un profesional. Sin embargo, siempre es recomendable hablar y expresar lo que sentimos, ya que poner en palabras la emoción nos ayuda a regularla. Recordemos que el trauma no es el evento en sí, sino la marca que este dejó en nosotros; por eso nos produce angustia.
El cuerpo, además, no olvida: tiene memoria. Incluso cuando la mente parece haber dejado atrás lo sucedido, el cuerpo conserva ese registro y puede manifestarlo a través de contracturas, taquicardia, úlceras u otras somatizaciones.
Los traumas y los recuerdos dolorosos que estos dejan se elaboran siempre en el presente. En gran medida, esto implica hacer con otros aquello que nos habría gustado que hicieran con nosotros. Entonces, si me abandonaron o no me abrazaron, cuando sane, seré capaz de acompañar y abrazar a otros.
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