TRAGEDIA AÉREA El domingo 27 de marzo de 1977, un «bum» y el olor a carne quemada marcaron el peor accidente de la aviación: dos Boeing 747 chocaron en la pista del aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife. Murieron 583 personas.
Detrás de ese número hay una cadena de errores, malentendidos y decisiones tomadas al límite. Todo empezó con un hecho que obligó a cambiar el rumbo de varios vuelos: una bomba explotó en la terminal del aeropuerto de Las Palmas, en Gran Canaria, a las 12.30 del mediodía.
El ataque fue perpetrado por el grupo separatista Movimiento para la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (Mpaiac). Las autoridades del aeropuerto de Las Palmas decretaron que los vuelos entrantes se desviaran hacia el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife.
Los Rodeos contaba con una sola pista y no estaba preparado para recibir el caudal de aviones que fue derivado hacia ahí. Las condiciones climáticas empeoraron la situación: niebla y visibilidad reducida.
El capitán del KLM, Jacob van Zanten, decidió recargar combustible en la pista con los pasajeros a bordo. Cuando comenzaron a prepararse para el despegue, las condiciones climáticas cambiaron drásticamente.
La pista se llenó de niebla y la visibilidad se redujo a unos 100 metros. La torre de control ordenó al avión holandés que recorriera toda la pista y, en el otro extremo, girara 180°.
El avión de KLM llegó al otro extremo de la pista, giró 180° y se puso en posición de despegue. Su capitán anunció: «We are going». En la torre de control entendieron que KLM estaba listo para el despegue, no que iba a despegar.
1,89 segundos más tarde, el controlador aéreo añadió: «Espere para despegar», pero en la cabina solo se escuchó un chirrido…
A las 17.06, el avión de KLM ya estaba rodando sobre la pista. No tenía visibilidad, la niebla lo cubría todo. El avión de PanAm seguía en la pista, buscando la salida, sin saber que el KLM iba directo hacia ellos.
Cuando los pilotos se dieron cuenta de que estaban rodando sobre la misma pista, ya era tarde. El avión de KLM golpeó el techo y la cola del de PanAM. Después se estrelló contra el suelo y se prendió fuego.
La decisión de van Zanten de cargar 55.000 litros de combustible empeoró todo: hizo al avión más pesado e intensificó el estallido. Los 248 ocupantes del avión de KLM murieron en el acto.
El avión de PanAm también se prendió fuego, pero 61 personas lograron escapar por un agujero que el impacto abrió en el fuselage.
Treinta años después del accidente, se celebró un acto internacional para conmemorar la tragedia. Se inauguró un monumento en Mesa Mota, Tenerife, que representa una escalera de caracol de 18 metros de altura, «Stairway to Heaven».
Lecciones aprendidas del desastre de Tenerife
El accidente de Tenerife, ocurrido el 27 de marzo de 1977, es considerado el peor accidente de la aviación en términos de víctimas mortales, con 583 personas fallecidas. Detrás de esta tragedia, se encuentra una cadena de errores, malentendidos y decisiones tomadas al límite. Uno de los factores clave fue la comunicación deficiente entre los pilotos y la torre de control, exacerbada por problemas de idioma e interferencias en el sistema de radio.
La importancia de la comunicación clara en la aviación se destacó en el informe final del accidente. La torre de control ordenó al avión de KLM que recorriera toda la pista y girara 180°, pero el piloto interpretó que estaba autorizado para despegar. La respuesta de la torre de control, «Ok», fue malinterpretada como una confirmación para el despegue. Este error de comunicación, sumado a la niebla que reducía la visibilidad a unos 100 metros, creó un entorno propicio para el desastre.
Otra lección aprendida es la importancia de seguir los procedimientos de seguridad establecidos. La decisión del capitán del KLM de cargar 55.000 litros de combustible con los pasajeros a bordo, para evitar perder tiempo y no superar el límite de horas de vuelo permitidas, resultó en un retraso que empeoró la situación. El avión se hizo más pesado, lo que intensificó el impacto y el incendio posterior.
El desastre de Tenerife también resaltó la necesidad de mejorar la infraestructura de los aeropuertos, especialmente en condiciones adversas. El aeropuerto de Los Rodeos no estaba equipado con sistemas de luces adecuados ni radar de superficie, lo que dificultó las operaciones de despegue y aterrizaje en condiciones de baja visibilidad.
Reflexión y prevención futura
El accidente de Tenerife sirve como un recordatorio de la importancia de la seguridad en la aviación y de la necesidad de aprender de los errores del pasado. La implementación de protocolos de comunicación más claros, la mejora de la infraestructura aeroportuaria y el énfasis en la formación de los pilotos son cruciales para prevenir tragedias similares en el futuro.
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