Con la intensificación del conflicto militar entre Estados Unidos, Israel y la República Islámica de Irán, la población persa se prepara para enfrentar una presión distinta: no provendrá de operaciones bélicas directas, sino de rupturas en la cadena logística de alimentos.
El bloqueo de rutas marítimas, el incremento de riesgos para embarcaciones y los daños a infraestructura portuaria generan incertidumbre sobre el abastecimiento de productos en las próximas semanas y meses.
La distribución de alimentos en Irán depende fuertemente de importaciones marítimas. Cada año ingresan cerca de 25 millones de toneladas de granos básicos como trigo, maíz, cebada, soja, aceites y azúcar; más del 90% se descarga en puertos del sur: Imam Jomeini, Bandar Abbás, Bushehr y Chabahar.
Esta concentración convierte a esos puertos en puntos críticos. Daños físicos, encarecimiento de seguros y cobertura reducida han mermado la eficiencia de esas rutas.
Frente al estrangulamiento, se han activado terminales del norte como Anzali y Amirabad, pero el ataque militar a Anzali y su limitada capacidad impiden cubrir totalmente la ruta sur. Por ello cobra relevancia el uso de vías terrestres.
Algunos análisis indican que el escenario aún no es crítico.
Ishan Banu, analista del Instituto Kpler, dijo al servicio persa de la BBC que, pese a las interrupciones, Irán posee reservas para varios meses gracias a compras masivas recientes, y que aún se descargan cargamentos en el Golfo Pérsico.
Además, tras finalizar la temporada exportadora de maíz brasileño, las compras de ese grano disminuyeron, aunque en los últimos seis meses se importó gran volumen.
Samer Abdul Jabbar, representante regional de la FAO, comentó a la BBC: “Por problemas con sus propios puertos y con Pakistán, Irán ha traído mercancías vía Turquía, el Mar Caspio, el Cáucaso y rutas terrestres, pero a largo plazo esto no cubre las necesidades nacionales”.
Por tanto, la situación alimentaria persa no parece crítica por ahora.
La dependencia de productos externos
En condiciones normales, el abastecimiento de bienes esenciales combina producción doméstica e importaciones.
Datos oficiales de 2025 muestran que la cosecha de trigo superó 12 millones de toneladas, frente a un consumo anual de 15-16 millones; para cubrir el déficit y mantener reservas se importaron unas 2,7 millones, lo que representa una dependencia del 20-30%.
La dependencia en insumos pecuarios es mayor: la producción interna de maíz no alcanza un millón de toneladas, mientras la demanda es de 8-10 millones, es decir, casi 90% de requerimientos externos.
El caso de la soja y harina de soja es más grave: la producción local es insignificante y el consumo anual varía entre 2 y 3,5 millones de toneladas, por lo que casi toda la demanda se cubre con importaciones.
En aceites comestibles también hay brecha: la elaboración interna ronda medio millón de toneladas y el consumo supera los 2 millones; la diferencia se compensa con semillas oleaginosas, generando una dependencia del 80-90%.
El arroz presenta equilibrio: la cosecha local se ubica entre 2,5 y 3,8 millones de toneladas y el consumo entre 3 y 4 millones; así, importaciones de unos 1,25 millones mantienen la dependencia en 20-30%.
La cebada muestra situación intermedia: producción de 1,5-2 millones frente a consumo de 3-4 millones, por lo que entre 50 y 70% proviene del exterior.
Finalmente, el azúcar: la elaboración nacional varía entre 1,5 y 2 millones de toneladas y el consumo entre 2,5 y 3 millones; la diferencia se cubre con 0,5-1 millón de importaciones, lo que implica una dependencia de 20-40%.
Cómo el tráfico naval en el Golfo Pérsico afecta el abastecimiento
Con la escalada de ataques, el patrón de navegación en el golfo cambió notablemente y esta ruta vital del comercio global se vio seriamente perturbada; algunos expertos la consideran cercana a la “parálisis”.
Grandes aseguradoras marítimas, incluida Lloyd’s, han clasificado la zona como de alto riesgo. Como resultado, los costos de seguros y fletes se dispararon; en algunos casos el precio de transportar cereales se triplicó.
Mientras tanto, puertos del sur de Irán —especialmente Imam Jomeini y Bandar Abbás—, fundamentales para el ingreso de productos esenciales, han perdido parte de su capacidad operativa por amenazas y riesgos. Navieras como Maersk han limitado o suspendido sus operaciones en la zona.
Ishan Banu afirma que el puerto Imam Jomeini, principal entrada de cereales e insumos pecuarios, “ha quedado gravemente afectado y el paso de buques por el estrecho de Ormuz se redujo al mínimo; la semana pasada solo una embarcación logró atracar, mientras muchas navieras evitan la zona por riesgo y costos elevados”.
El experto advierte que incluso puertos del norte, como Anzali, podrían verse afectados.
Si los ataques se prolongan, el encarecimiento múltiple de seguros —hasta diez veces— disuadirá a empresas y tripulaciones de ingresar.
Además, la interrupción del transporte de contenedores por la baja accesibilidad a puertos clave ha complicado aún más el panorama.
Aunque se usan rutas alternativas como Chabahar o terminales regionales, su capacidad es limitada y no reemplazan rápidamente a las principales. En el corto plazo no hay señales de crisis inmediata, pero la continuidad de los enfrentamientos podría desafiar seriamente el abastecimiento.
¿Un cerco económico?
No existe un bloqueo total, pero han surgido dos hechos clave:
Primero, la interrupción del papel de Emiratos Árabes Unidos como centro comercial para Irán; gran parte de las importaciones persas pasaba por ese país y, con los enfrentamientos, esa vía se ha visto afectada.
Segundo, la alteración del transporte marítimo. El aumento de riesgos en el golfo Pérsico, los ataques a infraestructura portuaria y la retirada de navieras y aseguradoras han reducido drásticamente el flujo normal de importaciones, aun sin anuncio oficial.
Las rutas alternativas no están cerradas, pero tienen capacidad limitada. Parte de las compras puede realizarse por tierra vía Rusia y Turquía, o mediante trayectos indirectos desde países vecinos; incluso redes informales y la “flota sombra” mantienen cierto flujo.
Sin embargo, incluso esas opciones enfrentan obstáculos. Puertos del norte, en el mar Caspio, aunque absorben parte de las importaciones, no pueden sustituir a los del sur por sus limitaciones de infraestructura, calado reducido y baja operatividad.
En conjunto, aunque existen vías de entrada, en términos operativos —costos, capacidad y riesgo— no compensan la interrupción del golfo.
Samer Abdul Jabbar considera que, por la alteración de rutas marítimas y la limitación de acceso a puertos, ha crecido el uso de largos corredores terrestres por Turquía, el Cáucaso Sur, el mar Caspio y Asia Central.
Aunque utilizables, son “lentas, complejas y limitadas”; al cruzar múltiples fronteras y tener baja capacidad, no reemplazan plenamente al transporte marítimo. El encarecimiento de fletes, seguros y combustible ha ralentizado y encarecido la reposición de reservas estratégicas.
Si la situación continúa, es probable un alza en precios de alimentos, menor poder adquisitivo y mayor presión sobre hogares vulnerables.
¿Está en riesgo la seguridad alimentaria de Irán?
La perspectiva, de prolongarse la guerra —especialmente a mediano y largo plazo—, resulta preocupante. La experiencia internacional muestra que los conflictos prolongados erosionan gradualmente las cadenas de suministro.
El PMA ha advertido que estos enfrentamientos, al agravar pobreza e inseguridad alimentaria, pueden tener consecuencias regionales.
Algunos funcionarios no consideran la situación actual como alarmante. El presidente del sindicato de mayoristas de alimentos de Teherán asegura que no hay escasez y que existen reservas previstas para los próximos meses.
Mohammad Lahouti, miembro de la Cámara de Comercio, informó de medidas gubernamentales para facilitar el comercio exterior y liberar mercancías, como forma de reducir la incertidumbre económica.
Akbar Fathi, viceministro de Agricultura, señaló que en los últimos meses se reforzaron las reservas estratégicas y que parte de los requerimientos proteicos y lácteos se cubre con producción interna; el apoyo a productores es prioridad incluso en guerra.
La principal preocupación no es escasez física, sino el aumento de precios.
Los alimentos se han encarecido más del 40% en promedio; arroz, aceite y legumbres han subido aún más. La causa principal es la interrupción de importaciones de maíz y soja, claves para producir carne y pollo.
A largo plazo, la preocupación crece.
Las reservas estratégicas de cereales en muchos países cubren de pocos meses a un año como máximo.
“La interrupción de rutas y el alza de costos de seguros y combustible han hecho más lenta y costosa la reposición de esas reservas”, advierte Abdul Jabbar.
La limitación de acceso a fertilizantes encarece la producción agrícola y puede reducir cosechas futuras, lo que a su vez presiona al alza los precios.
En tales condiciones, la presión económica y social crece gradualmente y se agrava la desigualdad en el acceso a alimentos. El problema no es exclusivo de Irán; los países más dependientes de importaciones son los más vulnerables.
La amenaza no es una crisis repentina, sino una “erosión gradual” de la seguridad alimentaria: comienza con alza de precios, reduce el acceso de distintos grupos sociales y, si continúa, puede derivar en desnutrición, descontento social y mayor presión sobre la economía.
Referencia de contenido: consultar fuente original aquí
Te puede interesar
-
María Montserrat Alvarado, la mexicana que el Papa nombró como jefa de comunicación y se convertirá en la primera mujer laica en dirigir un “ministerio” del Vaticano
-
Por qué el origen de la madre de Kim Jong-un podría poner en peligro la legitimidad del régimen de Corea del Norte
-
Por qué a India le interesa contar con Venezuela como proveedor clave de petróleo
-
Corea del Norte promete aumento “exponencial” en fuerzas nucleares
-
Hezbolá rechaza acuerdo de alto al fuego con Israel
