Reside en Suiza, revela lo que nadie cuestiona y advierte que nada es fácil

Micaela jamás imaginó que Suiza sería su hogar. Cuando le preguntan si añena Argentina, responde con firmeza: «Claro que sí, y, aun así, este rincón del planeta logró calar hondo en mi ser; es mi casa, forma parte de mi identidad».

El destino la llevó hasta allí tras anotarse en un curso de francés en una ciudad que apenas conocía. Tres meses de estudio y Europa al alcance: un sueño infantil hecho realidad. Su familia la despidió con alegría en Ezeiza, convencida de que volvería pronto.

Pero surgió una oferta laboral en una agencia de viajes de Neuchâtel. «Cuando estaba por finalizar el curso me propusieron quedarme», recuerda. Volvió a Buenos Aires, anunció la noticia y se mudó. «Nunca pensé que mi sueño europeo sería Suiza».

La lejanía que duele

A los cuatro meses, su madre atravesó una complicación de salud. La impotencia se hizo carne. «En los momentos dulces y en los difíciles la distancia pesa. Nunca me arrepentí; fue mi elección».

Neuchâtel, la bienvenida

La ciudad, junto al lago y bajo el macizo del Jura, le regaló naturaleza y gente educada, aunque reservada. Recorrer pocos kilómetros significaba cambiar de idioma y costumbres.

«En Suiza se hablan cuatro lenguas. Al principio me descolocaban esos saltos tan bruscos». Se sorprendió con los horarios: «Ceno a las 18:30 y me adapté. Dejar los zapatos en la puerta también me pareció extraño, ¡hoy lo defiendo!».

Gluten y quesos por doquier

Temía no encontrar productos sin gluten. En el super halló estanterías llenas de opciones orgánicas, veganas y sin alérgenos. «La diferencia de precio no es abismal. Me volví fan de la fondue y la variedad de quesos».

Cartas y reglas inquebrantables

«Acá todo llega por correo: facturas, multas, invitaciones. Enviar sobres con estampillas me transportó a los noventa». También le llamó la atención la obediencia: «Nadie cuestiona las normas; se cumplen y listo».

Invierno que duerme la ciudad

El verano, plagado de festivales junto al lago, se desvaneció de golpe. «Llegó el silencio, el estudio y el trabajo intenso. Fue una metamorfosis emocional».

Amistad que se abre a fuego lento

Su jefa y compañeras la ayudaron con papeles y vivienda. «Los suizos parecen cerrados, pero si vos das el primer paso responden. Mis amigas dicen: nos abrimos porque vos te abriste. Necesitan años para contar una intimidad; cuando lo hacen son leales».

Calidad de vida que seduce

«Con cualquier empleo local se vive bien, se ahorra y se viaja. La seguridad es tal que dejé de volver la cabeza a la 1 a. m.». Aprovecha la naturaleza: «Todos hacen deporte al aire libre; el entorno lo invita».

Ginebra y nuevos proyectos

Hoy vive con su pareja en Ginebra, donde fundó su agencia Wap Creatives y el podcast Cuestión de Perspectiva. «Llevo a mi familia a los Alpes; los reencuentros son intensos».

Aprender a aceptar

«Suiza no regala nada; uno debe salir, arriesgarse y atravesar la incomodidad. Entendí que su forma de vida también es parte de mi identidad», concluye.

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