En la unidad de cuidados intensivos del Hospital Alma Máter, el sonido constante de los monitores revela algo más que signos vitales: una fuente invaluable de información. El pulso y la tensión arterial ya no son simples valores anotados en historias clínicas, sino corrientes de datos que un sistema organiza y contrasta al instante.
Así comenzó la transformación de la rehabilitación física en la ciudad, sin proclamas ni ceremonias. El cambio surgió en las rutinas hospitalarias, donde la alta tecnología se integra como parte esencial de la infraestructura. Extremidades biónicas que reaccionan en microsegundos, rodillas que escanean el suelo antes de avanzar, vestuarios que regulan la actividad neuromuscular y plataformas virtuales que reconfiguran el encuentro entre médicos y pacientes. Todo mientras el sistema de salud arrastra una de sus brechas más antiguas.
«En Colombia, la rehabilitación sigue siendo uno de los eslabones más frágiles del sistema de salud, especialmente para las personas con discapacidad motora», afirma a EL COLOMBIANO Alejandro Hernández, internista, director de información médica del Hospital Alma Máter de Antioquia y docente de la Universidad de Antioquia.
El profesional no habla de falta de aparatos, sino de tiempo, acceso y continuidad: «El paciente entra, sale, vuelve a entrar. La información se fragmenta. El médico pasa más tiempo organizando datos que mirando a la persona».
Entre 2,6 y 2,65 millones de colombianos viven con alguna discapacidad, lo que equivale al 5-7 % del total, según el DANE y cifras gubernamentales. Un porcentaje considerable presenta afectaciones físicas que limitan la movilidad y exigen rehabilitación prolongada, seguimiento constante y decisiones clínicas personalizadas.
Datos que fluyen y prótesis que piensan
En Medellín, este escenario converge con tecnología que trasciende los artefactos. En el Alma Máter, la revolución pasa por la gestión de la información clínica. Hernández explica que, en consulta externa, mientras el paciente habla, el facultativo escribe. La pantalla interrumpe la conversación. «Ahí es donde entran los escribas médicos digitales», señala. Sistemas que escuchan, transcriben y crean un resumen estructurado, reduciendo el tiempo frente al computador.
«Pero estos sistemas necesitan grandes modelos de lenguaje. Muchos funcionan en centros de datos fuera del país», advierte. La información viaja, se procesa y regresa. «Por eso somos muy cuidadosos. La gobernanza de datos es clave. La privacidad del paciente está primero».
En hospitalización y UCI, donde los enfermos generan datos continuos, la conversación se complejiza. Hernández habla de multimodalidad: imágenes diagnósticas, bioseñales, laboratorios, texto clínico, incluso genómica. «Tenemos modelos de procesamiento de lenguaje natural que organizan toda esa información para que el médico no tenga que buscar paraclínico por paraclínico».
El centro avanza para integrar bioseñales desde dispositivos cercanos al paciente. «Estamos en fase experimental mirando cómo llegar a la parte predictiva en tiempo real». El objetivo no es sustituir al médico, sino ofrecerle tendencias que anticipen riesgos.
Prótesis, trajes y neuromodulación
Esa base digital sostiene tecnologías físicas más visibles. En Medellín, la rehabilitación avanzada incluye prótesis, órtesis y neuromodulación que ingresan a procesos clínicos formales. Ottobock, firma alemana con más de un siglo de experiencia, opera en la ciudad como IPS mediante Orthopraxis.
Derly Patricia Martínez, gerente de Desarrollo de Negocios para Latinoamérica de la compañía, aclara que el foco no es el dispositivo aislado, sino el proceso. La atención abarva valoraciones especializadas, juntas de prótesis, adaptación, seguimiento y consultas de control. «La tecnología es un medio para apoyar el trabajo clínico, no un fin en sí mismo», dice a EL COLOMBIANO.
Su portafolio incluye pies de fibra de carbono, rodillas mecatrónicas, codos mioeléctricos, manos robóticas con movimiento independiente de dedos, entre otros. Todos incorporan sensores y microprocesadores que leen el movimiento y ajustan la respuesta. Pero el acceso no empieza ahí.
«El primer contacto siempre es medicina general», explica el especialista en medicina física y rehabilitación Juan Manuel Guevara, subespecialista en prótesis, ayudas técnicas y órtesis. Desde allí se remite a fisiatría y se analiza clínica, técnica y biomecánicamente qué ayuda es pertinente. «La formulación es una decisión clínica, no un catálogo», subraya.
Luego aparece la traba administrativa. Algunos dispositivos están en el plan de beneficios; otros deben pasar por Mipres y juntas de expertos antes de que la EPS autorice. Ese recorrido fija, muchas veces, el ritmo de la rehabilitación.
En ese mismo mapa entra una tecnología menos conocida: la neuromodulación no invasiva. El Exopulse Mollii Suit es un traje para manejar la espasticidad, alteración neurológica que limita el control voluntario del movimiento. En Colombia, 24 pacientes ya han sido tratados y se consolida evidencia local.
Guevara explica que, en condiciones normales, unos músculos ejecutan el movimiento y otros lo frenan para coordinar. En la espasticidad, ese equilibrio se rompe. El traje envía un estímulo eléctrico específico que relaja el músculo contraído y activa su antagonista. Cada usuario se evalúa, se programan intensidades y el uso típico es una hora. En muchos casos, el tratamiento continúa en casa con resultados acumulativos.
La ciudad como laboratorio
La prueba real ocurre cuando el paciente regresa a la calle. En Medellín, caminar es una coreografía irregular: andenes desnivelados, pendientes bruscas, escalones sin señalización y superficies gastadas. Para una prótesis convencional, cada irregularidad es un riesgo; para una inteligente, la diferencia está en la interpretación del movimiento.
Las rodillas mecatrónicas incorporan más de ocho sensores que miden velocidad, ángulo, carga y distancia al suelo. La información se procesa al instante y se traduce en una respuesta inmediata. «La rodilla bloquea o libera el movimiento según lo que esté pasando», señala Guevara. Todo ocurre en milésimas de segundo, permitiendo enfrentar planos inclinados o escaleras sin perder estabilidad.
Sin embargo, la alta tecnología choca con la sostenibilidad. Dispositivos que funcionan meses y luego quedan inutilizados por falta de repuestos o mantenimiento.
Guevara reconoce esa barrera como transversal. «No es un problema exclusivo de una marca». La diferencia está en la cadena que acompaña la entrega: acta de entrega, garantía, seguimiento técnico y clínico. En Medellín, protesistas y ortesistas deben estar certificados en la marca y en el manejo de cada componente. Los ajustes y revisiones periódicos buscan evitar el deterioro temprano.
En neuromodulación, la sostenibilidad adopta otra forma. El Exopulse no depende solo del hardware, sino de la programación y el acompañamiento. Antes de la formulación se realiza una prueba para verificar respuesta. El efecto fisiológico se observa tras sesiones diarias en casa: reducciones del 50-75 % en espasticidad y mejoras en control motor y marcha.
Reinserción y soberanía de datos
La rehabilitación no termina en el cuerpo. En Antioquia, las ARL lideran la reinserción laboral. Antes del retorno se evalúa si, con el dispositivo, el trabajador puede desempeñar sus funciones previas. Si no, se reubica temporal o definitivamente. Solo cuando la reintegración es inviable se habla de invalidez y pensión.
Paralelamente, la infraestructura urbana sigue siendo determinante. Rampas incompletas, señalización irregular y superficies discontinuas persisten. La tecnología actúa como amortiguador parcial: ayuda a enfrentar entornos hostiles, pero no reemplaza una ciudad inclusiva.
Por debajo, la información clínica es la base invisible. Hernández insiste en que la tecnología de rehabilitación requiere sistemas que integren datos de forma segura. Cuando un paciente cambia de centro y la información no fluye, se repiten exámenes y se pierde contexto.
El Alma Máter trabaja con estándares internacionales como HL7 FHIR para que los datos se muevan seguros entre instituciones autorizadas. La meta es continuidad: que la rehabilitación no se reinicie con cada cambio de escenario.
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