Pensaban que jamás caminaría, pero las cámaras grabaron algo extraordinario

5 de marzo de 2026 – 03:00 – 5 minutos de lectura

Su destino parecía sellado. Atropellada en la ruta entre Río Tercero y Almafuerte, Córdoba, la perra arrastró su cuerpo herido bajo el sol abrasador hacia una ciclovía. Con sus últimas energías, arrastró también su desolación.

El asfalto quemaba y la indiferencia de los transeúntes dolía más que sus heridas. “Se arrastró hasta una ciclovía donde la gente pasaba caminando y elegía no mirarla. Pero a ella parecía no importarle, estaba acostumbrada a la indiferencia y su mirada pedía descansar para siempre”, cuenta Gustavo.

El destino cambió cuando se cruzó con Gustavo, turista que no pudo ignorar su sufrimiento. “No hubo problemas para agarrarla. La envolvimos en una manta y se dejó manipular sin quejarse ni intentar morder. Estaba prácticamente muerta. No tenemos fotos de ese momento porque no queríamos ese recuerdo si no sobrevivía”.

Fue domingo, día complicado para urgencias, pero el doctor Carlos Sánchez la recibió con compromiso absoluto. El diagnóstico fue devastador: “Ojalá sobreviva”. La perra tenía el cráneo y mandíbula expuestos, la piel hecha jirones.

Tras dos horas de cirugía, recibió antibióticos, antiinflamatorios, calmantes y una férula para inmovilizar la pata fracturada. “Probablemente el auto le pasó por encima, su pelaje blanco estaba negro por la huella de un neumático”, recuerda Gustavo.

Tras dos días internada, el camino a la recuperación la llevó a Villa Allende con el doctor Santiago Trento. Allí se reveló la crueldad de su pasado: una antigua fractura en la columna por una patada y perdigones de escopeta en todo su cuerpo.

“Sobre su pasado no sabemos nada. Lo conocemos por estudios y su comportamiento. Le aterrorizan los ruidos, tormentas y relámpagos. Creemos que vivió a la intemperie en el campo”, explica Gustavo.

Los médicos pronosticaron que en un mes estaría de pie, pero Alma —nombre que recibió— tenía sus propios tiempos. Durante meses permaneció postrada en su colchón, o eso creían todos.

Las cámaras revelaron que cuando estaba sola, caminaba perfectamente, pero al detectar presencia humana, se tiraba al piso con una actuación magistral. Así ganó su primer apodo: “la teletransportada”.

Le decimos la vieja Viscacha porque es muy astuta. Creemos que pensaba que si se ponía bien la íbamos a echar. Hasta que empezó a aullar de felicidad cuando llegaba alguien. Ella enseñó a aullar a todos los demás”, cuenta entre risas Gustavo.

La desconfianza, producto de años de calle y abuso, desapareció cuando Gustavo le prometió: nunca más volvería a la calle. La confirmación llegó con Dobby, un perro adolescente rescatado que le enseñó que en esa familia solo recibían amor.

Alma es más independiente que sus compañeros: evita las multitudes, aunque a veces estas la rodean. Con Dobby mantiene un vínculo especial. “Cuando Dobby se escapa, Alma se cruza en nuestro camino llorando, como pidiendo que lo busquemos”.

Le encanta vigilar desde lugares altos y sabe comunicar perfectamente sus necesidades: comer, buscar a Dobby o cuando tiene miedo. “Es muy tierna, jamás intentó morder. Si alguien se acerca, se tira boca arriba”.

Hoy Alma es la guardiana de su hogar, defensora de su manada de cinco perros. Su nombre honra el lugar donde renació. “Alma lleva en esta segunda vida el nombre donde volvió a nacer: es Alma de apellido fuerte, la dama de la estola blanca”.

Compartí una historia
Si tenés una historia de adopción, rescate o ayudaste a un animal en riesgo, escribí a [email protected]

Referencia de contenido: consultar fuente original aquí