Ella tenía 12 y él 17 cuando se encontraron: 80 años después siguen juntos

Algunos vínculos trascienden el reloj y el calendario. El de Moisés y Sarita Roitman es uno de ellos: 80 años de amor, 75 de matrimonio, tres hijos, ocho nietos y once bisnietos. Todo comenzó en Córdoba, cuando ella cursaba sexto grado y él era el vecino que la ayudaba con las materias.

La historia arrancó en 1937. Moisés, nacido en Mendoza en 1925, se había mudado a Córdoba por el trabajo de su padre. A pocas calles vivía Sara Meersohn, una niña de cabellos oscuros aquejada de nefritis. Su madre, doña Adela, contrató a un chico del barrio para que no perdiera el año. El elegido fue Moisés.

«Llegaba y me recibían con leikaj y strudel«, recordó él en las memorias que escribió a los 90. Entre clases y meriendas nació un noviazgo adolescente que sobrevivió a la distancia cuando él regresó a Mendoza: cuatro años de cartas y promesas.

La muerte de doña Adela precipitó los planes. Moisés tomó el primer tren a Córdoba, fue al velorio y, ante el padre de Sarita, prometió: «Voy a arreglar mi situación y luego me caso.» Cumplió. El 4 de febrero de 1950, con 24 y 19 años respectivamente, se casaron bajo el rito judío con rabino, palio y vaso roto. La luna de miel fue en Bariloche.

Moisés se dedicó a la farmacia. Fue dueño de las históricas Aconcagua y Del Águila y, a los 100 años recién cumplidos, sigue atendiendo la caja de la farmacia Sevilla, que pertenece a una de sus hijas. «Trabajar me mantiene vivo», dice. Todas las tardes, cuando termina, se sienta con Sarita en la misma cafetería del centro mendocino.

Él todavía conduce su Honda Accord y acaba de renovar el registro hasta los 103 años. El sistema informático no contemplaba edades de tres cifras y debieron modificarlo desde Buenos Aires. «Me siento un pibe», bromea, mientras Sarita asiente.

«Las bodas del aguante» celebran 75 años. «La clave es la paciencia y el respeto», resume ella. Tienen tres hijos —Adela, Daniel y Claudia—, ocho nietos y once bisnietos que los miran como brújula de amor duradero.

A los 90 años, Moisés escribió sus memorias y dedicó un capítulo entero a Sarita: «Si ella está lejos, yo prácticamente no existo. Es la energía que me equilibra y la autora secreta de mis movimientos.»

Viven en el centro de Mendoza, rodeados de cartas amarillentas y fotos en blanco y negro. Cuando cae la tarde regresan a su mesa habitual: dos cafés, un abrigo acomodado y silencio que ya no necesita palabras. Porque ellos saben, desde hace ocho décadas, que el verdadero amor «no pasa, se queda».

Referencia de contenido: consultar fuente original aquí